Introducción.
El concepto de bienestar es un constructo complejo que combina múltiples factores y aunque parece haber despertado en los últimos años el interés de diferentes profesionales (psicólogos, economistas, políticos, etc.), siempre ha sido objeto de estudio, empezando por los filósofos clásicos.
El presente artículo explora las distintas facetas del bienestar, desde su aproximación general, incluyendo su relación con la calidad de vida y la felicidad, hasta su manifestación en el ámbito económico y financiero. Se analizarán las definiciones, orígenes y equivalentes en inglés de estos conceptos, así como las similitudes y diferencias entre el bienestar económico y el bienestar financiero, y los indicadores utilizados para su medición. Finalmente, se abordará la relación entre el bienestar financiero y la resiliencia financiera (también puedes saber más sobre la resiliencia en el artículo ¿Qué es la Resiliencia?).
Aproximación al concepto general de bienestar.
La Real Academia Española aporta tres acepciones para el concepto de bienestar: i) «Conjunto de las cosas necesarias para vivir bien»; ii) «Vida holgada o abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad»; iii) «Estado de la persona en el que se hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica»
Además, incluye dentro de sus sinónimos el de felicidad. Martin E. P. Seligman, en su famoso libro titulado “La auténtica Felicidad” (2003), también utiliza los términos de bienestar y felicidad de manera intercambiable “como términos genéricos para describir los propósitos de toda la iniciativa de la Psicología Positiva”.
En inglés, el término «bienestar» puede derivar de dos vocablos principales: «welfare» y «well-being». Mientras que «welfare» se utiliza a menudo en un sentido más colectivo, político y asistencial, especialmente en economía, la expresión «well-being» se emplea con mayor frecuencia para referirse a cómo está realmente la persona desde una perspectiva más individual y psicológica.
Si hablamos de felicidad y bienestar debemos mencionar el término de «Eudaimonia«, el cual proviene del griego antiguo εὐδαιμονία, que se compone de «eu» que significa «bien» o «bueno», y «daimon» que puede traducirse como «espíritu». En la ética aristotélica, la eudaimonia se refiere a la felicidad humana y se alcanzaría con la práctica de la virtud y el desarrollo de la excelencia. Los estoicos también siguieron la idea de “identificar la felicidad con la virtud y buscarla mediante el uso recto de la razón, según la verdadera naturaleza humana” (J. A. Cardona, 2015). Para los epicúreos la felicidad se lograba mediante la búsqueda del placer y, sin embargo, para los estoicos era mediante la virtud, la tranquilidad de espíritu.
Unido al concepto de felicidad, surgió también el de «Beatitud«, que viene a ser un estado de paz espiritual o bienaventuranza, y el cual se ha ido diferenciando cada vez más para referirse a la esfera contemplativa, religiosa, mientras que el de felicidad parece centrarse más en la moral o práctica.
Pero no vamos aquí a hacer un recorrido a lo largo de la historia sobre el concepto de bienestar y/o felicidad. Cada filósofo o pensador, atendiendo a la época en la que se encontraba han aportado uno u otro matiz. En cualquier caso, comparto la opinión de Margarita Valdés, según la cual, el bienestar “parece ser un concepto mixto en el que se combinan características de dos tipos diferentes: por un lado, características que aluden a circunstancias exteriores de la persona, tales como su posesión o acceso a ciertos bienes materiales o externos, por ejemplo, su riqueza, su poder, las comodidades con las que cuenta, el tiempo libre del que dispone, su acceso a servicios de salud y de educación y por otro lado características que aluden a la posesión de ciertos estados internos de la persona o estados de ánimo considerados como valiosos, como por ejemplo, el placer, la felicidad, el contento, el sentimiento de dignidad, la esperanza, y en general, todo aquello que resulta de la realización de deseos, anhelos y planes de vida personales”.
Otros conceptos relacionados: calidad de vida, nivel de vida, bienestar económico y financiero.
El concepto de “Calidad de vida” ha sido ampliamente difundido en las últimas décadas, y al igual que ocurre con el de bienestar, ha sido objeto de diferentes matices y abordado desde diferentes perspectivas: psicológica, sanitaria, económica…
El economista Amartya Sen un texto clásico de 1987 titulado “The Standard of Living”, establece que el desarrollo de la medición estadística de la calidad de vida comenzó con Sir William Petty, en su libro Aritmética Política, escrito en alrededor del año 1676. Este filósofo inglés proponía definir una estimación del ingreso nacional que permitiera al Estado entender mejor las condiciones de vida de las personas.
No obstante, existe cierto consenso en establecer que a partir de las aportaciones del economista británico Pigou, en la década de los 30 y de los pensamientos de Marx y Engels (1977), Keynes (1956), es cuando se empieza a hablar de economía del bienestar y calidad de vida. A continuación, exponemos una figura sobre la evolución del concepto de calidad de vida:

Fuente: Urzúa, A., & Caqueo-Urizar, A. (2012).
A partir de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, tras la reconstrucción de las naciones, comienza a consolidarse la idea del “Estado de Bienestar”, atendiendo a la cual los Estados han de establecer políticas sociales que garanticen un nivel de vida mínimamente aceptable para sus ciudadanos. A modo de ejemplo, La Carta de las Naciones Unidas, firmada en San Francisco en junio de 1945, establece en su preámbulo «Nosotros los pueblos de la Naciones Unidas resueltos … a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida (“standard of life”) dentro de un concepto más amplio de libertad».
En estas décadas se empezaron a usar conceptos como “renta per cápita”, “crecimiento económico”, “nivel de vida”, etc. para lo cual se emplearían medidas que pretendían ser objetivas y normativas, como el PIB (Producto Interior Bruto). Pero, a finales de los años sesenta y durante la década de los setenta se comienza a adoptar una perspectiva subjetiva, más centrada en la persona y se tienen en cuenta otros aspectos como la satisfacción, salud, educación, etc. En esta línea, William Nordhaus y James Tobin, publicaron un artículo titulado: “Is Growth Obsolete?” (1973), en el cual se cuestiona si el crecimiento económico medido por el Producto Interno Bruto (PIB) sigue siendo el indicador más adecuado de bienestar y objetivo de política económica. Los autores proponen una medida alternativa, el «Medida del Bienestar Económico» (MEW), que intenta recoger otras variables que el PIB no recogía, como el valor de las actividades domésticas y el tiempo libre o los efectos negativos del crecimiento sobre el medio ambiente. Un año más tarde, Easterlin publicó el artículo titulado: «Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence», en el cual relacionó la economía con el bienestar personal y la felicidad, demostrando que la gente con mayores ingresos no necesariamente es más feliz, concepto que fue conocido como la “Paradoja de Easterlin”. Otro texto paradigmático fue el publicado por Campbell, Converse y Rodgers “The Quality of American life: Perceptions, Evaluation and Satisfactions” de 1976. Estos autores propusieron un indicador de satisfacción de la vida compuesto por 17 dominios.
Así, durante las décadas de los 70-80, se profundiza en el concepto de calidad de vida y surgen los primeros modelos, se amplifica la investigación y se generan diferentes instrumentos para su evaluación. Hoy en día, se asume que el concepto de calidad de vida es un constructo multidimensional y complejo, compuesto por elementos objetivos y subjetivos.
Otro concepto directamente ligado al de bienestar y calidad de vida es el de nivel de vida. Este último concepto, se relaciona más con los aspectos materiales, externos y superficiales (ingresos, adquisición de bienes y servicios, etc.), incluyendo el concepto de calidad de vida aspectos subjetivos (como la satisfacción, felicidad, etc.), sociales y ambientales.
Siguiendo a Quirós y Reinsdorf (2020), el bienestar económico sería aquella parte del bienestar que está relacionada con el consumo actual y a lo largo de la vida, definido en términos generales, y aquellos recursos que lo posibilitan (ingresos, patrimonio integral y el empleo de tiempo en los hogares). Por lo tanto, el concepto de bienestar es más amplio e incluye aspectos intangibles que no se pueden negociar en el mercado, como la felicidad, la confianza y la biodiversidad.

Fuente: Quirós y Reinsdorf (2020).
El bienestar financiero (financial Well-being) es un concepto integral y multidimensional que se enfoca en la situación financiera de los individuos y los hogares. Para identificar a personas con un alto bienestar financiero personal, se proponen cuatro criterios: satisfacción con la propia situación financiera; estatus objetivo deseable; actitudes financieras positivas; y comportamiento financiero saludable.
Tanto el bienestar económico como el bienestar financiero reconocen la importancia de componentes objetivos y subjetivos. Ambos van más allá de la simple cuantificación de ingresos, buscando una comprensión más holística del estado de las personas. No obstante, el bienestar económico tiende a ser un concepto más macroeconómico, centrado en el conjunto de la sociedad, sus estructuras productivas, la distribución de la renta a nivel nacional y la calidad de las instituciones. Por su parte, el bienestar financiero es un concepto más microeconómico, enfocado en la situación individual o del hogar, sus finanzas personales, actitudes y comportamientos relacionados con el dinero.
Algunos indicadores usados en la actualidad.
a) El PIB.
Según la Real Academia Española el PIB o Producto Interior Bruto (PBI, producto bruto interno, en algunos países) es el “valor total de los bienes producidos y de los servicios prestados dentro de un país en un año. Siguiendo a Tim Callen del FMI, “el PIB mide el valor monetario de los bienes y servicio finales —es decir, los que adquiere el consumidor final— producidos por un país en un período determinado (por ejemplo, un trimestre o un año), y cuenta todo el producto generado dentro de las fronteras… No todas las actividades productivas están reflejadas en el PIB. Por ejemplo, el trabajo no remunerado (ya sean tareas domésticas o la labor de voluntarios) y las operaciones del mercado negro están excluidas porque son difíciles de medir y valorar correctamente.
b) PIB per cápita.
No siempre, el PIB de un país es un indicador adecuado para medir el bienestar ya que depende de su número de habitantes. Por ello se recurre al PIB per cápita, que es el que resulta de dividir el PIB total de un país por su número de habitantes en un año determinado.
c) Índice de Desarrollo Humano (IDH).
Es un indicador elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que se utiliza a nivel internacional y que relaciona tres dimensiones: longevidad, educación e ingresos. La dimensión de salud se evalúa mediante la esperanza de vida al nacer; la dimensión de educación, mediante la media de los años de escolarización para adultos de 25 años o más y la expectativa de escolarización para niños en edad escolar. La dimensión del nivel de vida se mide mediante el ingreso nacional bruto per cápita.
Relación entre bienestar financiero y resiliencia financiera.
La resiliencia financiera hace referencia a la capacidad de los individuos, los hogares o las empresas para absorber y recuperarse de impactos financieros adversos.
Durante eventos críticos e inesperados, como la pandemia de COVID-19, se evidenció que la capacidad de los hogares para hacer frente a gastos imprevistos estaba directamente ligada a su situación económica. Un bajo bienestar financiero, caracterizado por dificultades para llegar a fin de mes o la incapacidad de afrontar gastos inesperados, reduce la resiliencia de un hogar frente a shocks económicos.
El bienestar financiero, al incluir actitudes financieras positivas y un comportamiento financiero saludable, contribuye intrínsecamente a la resiliencia. Una persona o un hogar con un alto bienestar financiero es probable que tenga ahorros, gestione sus deudas de manera efectiva y posea la capacidad de adaptación necesaria para mitigar los impactos de eventos financieros adversos. La satisfacción con la situación económica personal, un componente clave del bienestar financiero, puede reflejar una percepción de estabilidad y seguridad que, a su vez, es un indicador resiliencia.
Las políticas públicas, al buscar mejorar el bienestar general de la población, también influyen en la resiliencia. Por ejemplo, los sistemas de seguridad social, buscan proteger a las personas que, sin la ayuda del Estado, no podrían mantener un nivel de vida aceptable. La provisión de servicios financieros accesibles y la promoción de la educación financiera también pueden fortalecer la resiliencia de los hogares.
En resumen, un mayor bienestar financiero, que implica una mejor gestión de los recursos y una percepción de seguridad, es un factor clave para construir y mantener la resiliencia financiera frente a cualquier tipo de crisis o adversidad.
Conclusión.
El camino hacia la comprensión y medición del bienestar ha sido un trayecto complejo y multifacético, distanciándose cada vez más de la simplicidad de los indicadores puramente económicos como el PIB. El concepto de bienestar ha evolucionado, integrando aspectos que van más allá de la opulencia material, para abarcar dimensiones como la salud, la educación, las relaciones sociales, la seguridad, la gobernanza y el entorno natural. Combina, por lo tanto, elementos objetivos, como las condiciones materiales de vida, y subjetivos, como las percepciones de satisfacción y felicidad. Los modelos surgidos a partir de los años 80 como la conocida teoría de las capacidades de Amartya Sen, ha sido fundamental en este cambio de paradigma, al centrar la atención en lo que las personas pueden ser y hacer, en lugar de solo lo que poseen.
A nivel individual, el bienestar financiero se erige como una medida crucial de la salud económica de los hogares, así un alto bienestar financiero contribuye a la resiliencia financiera, es decir, la capacidad de los hogares para afrontar y recuperarse de shocks económicos adversos.
A pesar de los avances metodológicos y la proliferación de indicadores multidimensionales, la medición del bienestar sigue siendo un campo en desarrollo, el cual no está exento de críticas. Cuanto más complejo, más factores heterogéneos y subjetivos se tengan en cuenta, su medición y concreción será más complejo. Una aproximación interdisciplinar, así como el firme compromiso con el desarrollo del ser humano puede ser un punto esencial para la formulación de políticas públicas verdaderamente orientadas a las personas, que busquen no solo el crecimiento económico, sino un progreso social equitativo y un bienestar duradero para todos.
Más allá de del desarrollo conceptual por parte de psicólogos, sociólogos, politólogos, economistas y otros investigadores, además de su inclusión en la política de los estados y utilización por parte de los políticos de turno, cabe preguntarse como ciudadano de a pie para qué nos sirven. De cada 10 habitantes que podáis mencionar, cuántos saben lo que es el PIB o el Índice de Desarrollo Humano… Es por ello, que nos centraremos a partir de ahora en el bienestar financiero y resiliencia financiera personal, donde la educación financiera cobra un papel relevante y, sin embargo, no siempre goza de la misma promoción por parte de las políticas públicas.
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