Introducción. El ahorro, más allá del dinero guardado.
El “ahorro” es esa parte de los ingresos actuales que apartamos con el propósito de contar con recursos económicos para un futuro desembolso, sea previsto o no; o bien, para invertirlo con un objetivo más a largo plazo (por ejemplo, complementar la jubilación). Esta es la visión común y simplista, no obstante, oculta una verdad más profunda: el ahorro, especialmente desde edades tempranas, constituye una inversión que trasciende con creces la cuenta bancaria. Representa una decisión estratégica que tiene repercusión en el bienestar físico y psicológico de las personas. El ahorro proporciona seguridad, tranquilidad (reduce el estrés), la libertad para perseguir las aspiraciones personales y la posibilidad de mantener el poder adquisitivo, además de una vida digna a una edad más avanzada.
Ahora bien, si hablamos de ahorro tenemos que hacer también mención de la inversión. Como hemos dicho, ahorrar es guardar una parte de los ingresos para gastar más adelante, mientras que invertir consiste en poner a trabajar ese dinero apartado para generar un rendimiento mayor. Si tenemos un objetivo a medio-largo plazo y queremos por lo menos batir la inflación (ese diablillo que hace que cada vez la cesta de la compra, el gasoil, la luz, etc. cueste más) y conservar o hacer crecer nuestro patrimonio, debemos invertir parte de nuestros ahorros. Para ello contamos con inmuebles o bienes raíces, fondos, acciones, planes de pensiones, depósitos a plazo y un sinfín de instrumentos financieros, cada uno con su porcentaje de rendimiento y lógicamente nivel de riesgo.
Educación financiera e interés compuesto.
El informe «Financial literacy and inclusive growth in the European Union» publicado por Bruegel en mayo de 2018, apoya la idea de que la educación financiera temprana y las competencias desarrolladas desde la juventud son cruciales para un mejor bienestar financiero, lo que a su vez reduce la vulnerabilidad ante crisis económicas y contribuye a una mayor tranquilidad. También destaca la importancia iniciar programas de educación financiera en la escuela desde una edad temprana para mejorar el comportamiento presupuestario de los individuos. No obstante, la educación financiera debe comenzar en el seno de la familia que es donde se inicia la socialización primaria y dónde se pueden empezar a inculcar ciertos hábitos. Como establece la Comisión Nacional de Valores de España (https://www.cnmv.es) “La educación financiera permite a los individuos mejorar la comprensión de conceptos y productos financieros, prevenir el fraude, tomar decisiones adecuadas a sus circunstancias y necesidades y evitar situaciones indeseables derivadas bien de un endeudamiento excesivo o de posiciones de riesgo inadecuadas”.
En un informe más reciente de la Unión Europea (2023) se señala que el 18 % de los ciudadanos de la UE presenta un nivel alto de alfabetización financiera, el 64 % un nivel medio y el 18 % restante un nivel bajo, existiendo amplias diferencias entre los Estados miembros. Solo en cuatro Estados miembros (Países Bajos, Suecia, Dinamarca y Eslovenia), más de una cuarta parte de los ciudadanos obtienen una alta puntuación en alfabetización financiera. También se señala la necesidad de que la educación financiera se enfoque en las mujeres, los jóvenes, las personas con menores ingresos y con un nivel de educación general más bajo, los cuales, en promedio, suelen tener un nivel de alfabetización financiera menor que otros grupos.
Desde niños nos enseñan que tenemos que estudiar y trabajar para ganar dinero si queremos comer, vestirnos, tener una casa, etc. Gastar, se aprende sobre la marcha, vivimos en una sociedad consumista bajo un diluvio de estímulos que nos invitan a comprar cualquier cosa con hacer solo un clic. Pero, poco o nada nos enseñan sobre la inflación, el interés, la inversión, diversificación… Quizás, como dice Robert T. Kiyosati: “Al dejar fuera del sistema educativo la educación financiera, las clases dominantes siguen controlando la mayoría”.
Un ejemplo claro de la ventaja de ahorra e invertir desde una edad temprana, si estamos pensando en el medio-largo plazo, lo constituye el «interés compuesto«. Sobre este tema dedicaré otro artículo. así que no me voy a detener mucho. Supongamos que a nuestro niño Juan, al poco de nacer y después de su primer cumpleaños le ingresamos el dinero de los regalos recibidos en una cuenta o fondo de inversión, en este caso 800 €, en la cual conseguimos que nos den un 4% (el interés), lo cual suponen unos 32 €. Esta cantidad no la vamos a retirar, sino que se va a sumar al capital inicial, así tendremos 832 € sobre los cuales vamos a conseguir que nos den otro 4%, en este caso son 33,28 €… y así seguiremos año tras año: su capital inicial (800€) va creciendo en cada año porque se van sumando los intereses; la tasa de interés se va calculando sobre el capital que va cambiando y así los intereses van aumentando en cada periodo. Pues bien, cuando pasen 17 años y nuestro hijo sea mayor de edad tendrá en su cuenta 1558,32€. Claro que esto se puede potenciar si vamos haciendo alguna aportación; si conseguimos cada mes apartar 20 € a esa cuenta, cuando pasen los 17 años tendría 7388,20 €.
La decisión de retrasar el ahorro (e inversión) no solo representa una oportunidad perdida, sino que también conlleva un «costo oculto» en términos de esfuerzo futuro y rendimientos disminuidos. Esperar hace que el camino hacia la seguridad financiera sea considerablemente más arduo y menos eficiente, pero siempre será mejor tarde que nunca.
Ahorro, inversión y bienestar van de la mano.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, https://www.who.int/es ), la salud no se limita a la ausencia de enfermedades; es un estado de bienestar físico, mental y social. Dentro de esta definición integral, la salud financiera debe de ocupar una posición de suma importancia y por ello el “bienestar económico” es la cuarta pata del banco en el cual se sienta el proyecto de “Más Resiliencia” (si no sabes bien qué es la resiliencia te ánimos a que leas el artículo ¿Qué es la Resiliencia?). Gozar de una buena salud financiera «favorece el equilibrio, el bienestar, la autoestima y la capacidad de lograr metas y objetivos», al tiempo que reduce preocupaciones, especialmente aquellas vinculadas a las necesidades básicas de supervivencia. En el día a día encontramos ejemplos, que no necesitan ser refutados con grandes estudios de metaanálisis, donde poseer dinero ahorrado y/o contar con mayor poder adquisitivo impacta favorablemente en nuestra salud: poder pagar un mejor seguro médico privado, acudir en menor tiempo a un buen dentista si se nos rompe una muela, etc. Veamos algunos otros datos que respaldan estas ideas.
La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera (ENSAFI) 2023 en México reveló que el 36.9% de la población experimenta un nivel alto de estrés financiero. Más allá de la angustia psicológica, este estrés se manifiesta en síntomas físicos tangibles: el 34.9% de la población reportó consecuencias como dolores de cabeza, trastornos gastrointestinales o cambios en la presión arterial. Además, una proporción considerable de la población (48.4%) manifestó preocupación por la acumulación de deudas. Estos datos demuestran que la inseguridad financiera no es solo una carga psicológica, sino una amenaza directa a la salud física.
La Confederación Salud Mental España en colaboración con la Fundación Mutua Madrileña elaboraron el informe “La situación de la salud mental en España” (2023) en el cual se concluye que “el 74,7% de la población en España cree que en los últimos años ha empeorado la salud mental de los españoles. Las tres razones más señaladas como causas de este empeoramiento son: las dificultades económicas (91,4%), la incertidumbre ante el futuro (89,0%) y la presión, las exigencias y estrés del día a día (88,8%), seguidas de la pandemia del COVID-19 y de la sensación de que vivimos en una sociedad cada vez más individualista y muy competitiva”.
Desde 2007, la APA (American Psychological Association, https://www.apa.org/ ) viene elaborando la encuesta Stress in America™ que mide las actitudes y percepciones del estrés entre la población general e identifica las principales fuentes de estrés, los comportamientos comunes para gestionarlo y su impacto en las vidas. Año tras año entre los factores que ocupan los primeros puestos como fuentes de estrés son los económicos: dinero, trabajo, inflación, etc.
El nobel Daniel Kahneman en 2010 popularizó el techo de los 75.000 dólares anuales, a partir del cual ganar más dinero no produce un aumento significativo en el bienestar subjetivo. No obstante, según las investigaciones posteriores de Matthew Killingsworth la felicidad sigue aumentando con ingresos más altos. Dicha controversia se abordó en el estudio «Income and emotional well-being: A conflict resolved». La conclusión principal fue que para la mayoría de las personas, más dinero sí se asocia con una mayor felicidad, y no hay un estancamiento en los 75.000 dólares. Sin embargo, para un grupo pequeño de personas que ya son inherentemente infelices, el dinero solo puede aliviar la infelicidad hasta cierto punto, después del cual otros factores no monetarios se vuelven más determinantes.
Conclusión: ahorra e invierte en ti mismo.
En este artículo he introducido el concepto de ahorro e inversión y su estrecha relación con el bienestar personal. El ahorro es una habilidad que se aprende con el tiempo y requiere disciplina, es un factor de autocuidado y prevención. Por lo tanto, no hay que esperar a tener mayores fuentes de ingresos para empezar, cuanto antes mejor y así nos podremos beneficiar por ejemplo del interés compuesto. Un presupuesto consciente, diversificación de ingresos, un fondo de emergencia, un plan realista de ahorro e inversión se erigen como los escudos más efectivos ante la incertidumbre y te ayudarán a mejorar tu resiliencia financiera.
Bibliografía.
- Batsaikhan, U. (2018). Financial literacy and inclusive growth in the European Union. Bruegel Policy Contribution Issue n˚ 08| May 2018.
- Comisión Europea . 2023. « Seguimiento del nivel de alfabetización financiera en la UE ». Flash Eurobarómetro 525.
https://europa.eu/eurobarometer/surveys/detail/2953 - D. Kahneman, & A. Deaton, High income improves evaluation of life but not emotional well-being, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 107 (38) 16489-16493, https://doi.org/10.1073/pnas.1011492107 (2010).
- España, C. S. M. (2024). La situación de la salud mental en España. Análisis del movimiento asociativo 2023.
- INEGI. (2024, 25 de junio). Encuesta Nacional sobre Salud Financiera (ENSAFI) 2023.
- M.A. Killingsworth, D. Kahneman, & B. Mellers, Income and emotional well-being: A conflict resolved, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 120 (10) e2208661120, https://doi.org/10.1073/pnas.2208661120 (2023).



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